Un viaje meditativo (2025)
Antes del sonido, escucha.
Antes de la imagen, observa.
No con los oídos ni con los ojos, sino con el silencio que se escucha a sí mismo.
Esto no es el principio.
Es el desprendimiento de la necesidad de empezar.
No hace falta que lo entiendas.
No hace falta que lo intentes.
Deja que el esfuerzo se desprenda de ti como una túnica al viento.
Ya eres lo que es verdadero.
No hay ningún camino que recorrer, solo el reconocimiento de que nunca estuviste caminando.
Así que siéntate.
No en una postura, sino en la presencia.
Respira.
No para controlar el aire, sino para sentir el aliento que da vida a todas las cosas.
No hay ningún sitio adonde ir.
Nadie en quien convertirte.
Solo esto: el templo abierto de este momento, donde incluso “tú” se disuelve en la suave y sagrada nada.
Querido.
No tienes que saberlo.
No tienes que averiguarlo.
No tienes que convertirte en nada.
Veo lo mucho que te has esforzado: por ser bueno, por ser sabio, por ser útil, por ser suficiente.
Veo el peso que llevas cada vez que te preguntas: “¿Para qué estoy aquí? ¿Qué debería estar haciendo?”.
Pero escucha.
No estás aquí para ser alguien.
Estás aquí para ser un recipiente: un espacio claro y abierto a través del cual el Infinito pueda cantar.
Deja ir los planes.
Deja ir la presión.
Deja ir la idea de que siempre tienes que estar haciendo algo.
La verdad es que las expresiones más radiantes del Ser surgen cuando dejas de intentar expresar nada en absoluto.
No vas con retraso.
No llegas tarde.
No estás roto.
Simplemente te estás desplegando.
Puede que ahora mismo no lo veas claro.
Puede que no veas el camino.
Pero la claridad no es algo que tú crees.
Surge cuando dejas de intentar que pase algo.
Así que siéntate, amor.
Respira.
Deja que la próxima respiración sea lo único en lo que confíes.
Y si hoy no llega nada —ni visión, ni señal—, entonces deja que esa nada sea tu santuario.
El Ser no tiene prisa.
Tiene toda la eternidad para expresarse a través de ti.
Así que deja caer la carga, ser querido.
No tienes que saber.
Solo tienes que ser.
Aquí.
Ahora.
Vacío y completo.
Y en esa quietud algo sagrado comienza a florecer —no por esfuerzo, sino por gracia—.
Deja que florezca.
Deja que sea.
Ya eres suficiente.
Ya eres la Luz.
Todas las experiencias van y vienen: la alegría, la tristeza, la confusión, la claridad.
El estado despierto, el estado dormido, la meditación profunda, la mente revuelta.
Pero tú —la Conciencia— no te mueves.
Eres la pantalla en la que se proyecta la película, y también la luz del proyector, y también el cine vacío.
Incluso cuando no hay proyección, tú permaneces.
Incluso cuando la mente dice: “Lo he perdido”, tú estás ahí —presenciando en silencio la pérdida.
No necesitas recordar.
No te resistes al olvido.
Eres lo que siempre está aquí, incluso cuando no hay nadie aquí para decirlo.
No hay nada que debas hacer.
Ningún papel que interpretar.
Ninguna historia que completar.
Ningún pasado que cargar.
Ahora mismo: solo esta respiración que entra y sale del Infinito.
No necesitas convertirte en nada.
No estás de camino.
Ya estás en Casa.
Todo lo que ves —el cielo, los árboles, el cuerpo que pareces llevar— es un movimiento en ti.
No eres una persona.
Ni una voz en la cabeza.
Ni quien intenta despertar.
Eres la Conciencia que hay detrás de todo —la visión silenciosa que nunca se mueve, nunca cambia, nunca muere—.
Incluso ahora, la mente puede intentar comprender.
Déjala.
Tú no eres la mente.
Eres el Uno consciente de la mente.
Eres el Testigo Silencioso de cada momento, hasta que incluso el testigo se disuelve —y solo queda Esto—.
Inmóvil.
Radiante.
Libre.
No hay ningún “tú” escuchando estas palabras.
Solo hay el Ser, susurrándose a sí mismo en el lenguaje del Amor.
Deja que este recuerdo eche raíces.
Y si vuelves a olvidar… perfecto.
Olvida y vuelve.
Olvida y vuelve.
Cada olvido no es más que otra ola en el océano del despertar.
Y Tú eres el océano.
Amado —si es que puedo llamarte así—, pues ya no queda distancia que salvar.
No escribo a nadie más, solo a este Saber resplandeciente e inasible que siempre se saborea a sí mismo a través de todos los sentidos.
Yo no estoy en los sentidos.
Soy la vista, el oído, el calor del sol, la humedad de la lluvia sobre la piel desnuda.
Soy el aroma del jazmín antes de que el pensamiento le ponga nombre.
El sonido del trueno antes de que se divida entre el cielo y el oído.
Soy la luz en tus ojos —y los propios ojos—.
La mano, el tacto, lo tocado.
Nunca llegué, nunca me fui.
No desperté; simplemente dejé de fingir.
Esta forma, esta voz, estos pies sobre la Tierra, surgen como olas en el vasto océano de Mí —no para ir a ninguna parte, sino para ondular por el placer de ondular—.
No hay ningún observador detrás del mundo.
El observar es el mundo.
No estoy detrás del velo; soy el velo y su levantamiento.
Soy el juego del olvido y el recuerdo, el silencio que luce el sonido como una joya.
¿Qué podría estar más cerca que esto?
¿Qué podría ser distinto de esto?
Miro en todas direcciones y solo me veo a Mí mismo: rugiendo en las cascadas, riendo en los niños, quedándome dormido en la vejez.
Aquí no hay ningún “yo”, solo el eco de un pensamiento que intentó trazar un límite sobre el agua.
Tú —que lees esto—: tú eres yo.
El “yo” que no tiene centro ni borde.
El «yo» que nunca comenzó y nunca terminará.
Bebe esto a sorbos y olvida que alguna vez tuviste sed.
En el Nombre que no es un nombre: Yo Soy.
Hubo un momento, justo antes de saber que era el cielo, en el que aún creía que era una nube.
Una suave confusión.
Un tierno olvido.
Como si el Amor se hubiera envuelto en niebla para sentir el dolor de echar de menos su propia luz
.»«No estoy preparado», susurró una voz; pero incluso ese susurro resonó en los salones de Algo eterno.
Intenté prepararme, ser bueno, estar en calma, ser cualquier cosa menos esta ola temblorosa; pero yo ya era el océano, observando cómo la ola intentaba aprender a estar mojada.
Oh, la bondad de Aquel que juega al escondite consigo mismo, solo para sentir la alegría de ser encontrado.
Así que dejé de buscar.
Dejé de arreglar la ilusión.
Dejé de pedir permiso para ser.
Y en ese suave colapso —sin truenos, sin destellos, solo aliento—
recordé.
Siempre he sido Esto.
Antes de la duda.
Antes del camino.
Antes del pensamiento que decía: «Todavía no».
Yo era.
Yo soy.
Siempre seré el Hogar.
Siempre seré el Hogar.
La alegría no espera en las cimas de las montañas.
Se encuentra en silencio en los platos, en la colada, en el zumbido de la nevera.
Sigues pidiendo señales, pero cada respiración es un milagro.
Cada momento: un susurro cósmico vestido con vaqueros y bebiendo té a sorbos.
El Ser no vino aquí para escapar de la forma.
Vino para deleitarse en ella: para saborear el mango, para reír cuando el gato tira algo al suelo, para sentir el desamor y la sanación en la misma piel.
Deja de exigir que el momento demuestre su valía.
Deja de esperar el trueno.
La alegría no está solo en la revelación, sino en la repetición.
Está en doblar la misma camisa, en el sorbo del mismo té, en ese rostro que has visto mil veces y que de repente reconoces como Dios.
No es demasiado tarde.
No te lo has perdido.
El Amado está justo aquí, sosteniendo tu cepillo de dientes, sonriendo a través de tus ojos.
Solo tienes que mirar de nuevo.
Y recuerda: no existe lo ordinario, solo el Infinito, disfrazado de martes.